Las rabietas forman parte de una etapa normal en el desarrollo por la que pasan la mayoría de niños entre los 2 y los 4 años.  Este período se caracteriza porque el pequeño grita, llora y patalea ante cualquier pequeña frustración que se encuentra. Con dos años aún no saben cómo gestionar sus emociones, unido a que el lenguaje es limitado todavía para expresar deseos, necesidades y sentimientos. Las rabietas es la manera más adaptativa que tienen los niños de canalizar sus frustraciones.

Es una etapa en la que necesitaréis tener mucha empatía con el niño para acompañarles desde el respeto. Como padres debemos apoyarles en estas situaciones desde la calma y la comprensión, entendiendo la rabieta como una oportunidad para el crecimiento. La manera cómo se les acompañe les servirá de referencia para situaciones que les provoquen frustración en el futuro ¡Que serán unas cuantas!

¿Cómo acompañarles?

  • Evitar que dañe: La explosión de la rabieta va acompañada del impulso físico de golpear, gritar… Debemos evitar que en este momento se dañe a sí mismo, a alguien o algo.
  • Validar su emoción con calma: Es muy importante mantener la calma en estos momentos, pues es muy fácil que se contagie de tu estado de ánimo. Además le permitiremos la rabieta con palabras como “estás enfadado”, “puedes enfadarte”.
  • No razonar: En ese momento las emociones son tan fuertes que no podrá escuchar vuestras palabras ni responder las preguntas. Mostraos cerca físicamente muchas veces será suficiente para apoyarle sabiendo que estáis a su lado y respetáis su frustración, podáis o no comprender lo que siente.
  • Mantenernos firmes: Comprendiendo que ante la frustración lo único que puede hacer el niño es quejarse y no lo hace para “salirse con la suya”. Aunque sea desagradable escuchar el llanto del pequeño debemos mantenernos firmes ante los límites que se marcan. El pequeño poco a poco irá aprendiendo a gestionar la frustración que le supone no conseguir lo que desea.
  • Distancia emocional: Le podemos dejar solito como mucho tres minutos pero ofreciéndole nuestro apoyo y sin que sienta que le abandonamos. “Cuando te calmes te atiendo”, o “no me gusta que trates mal las cosas”… Volveremos al lugar dónde se ha quedado llorando, si se deja le tocaremos y le ofrecemos alguna alternativa “veo que sigues enfadado pero ven conmigo a jugar”.

Por último, poneos en su lugar… ¡Qué difícil nos es a veces como adultos gestionar la rabia! Pero hemos aprendido a buscar alternativas que nos ayuden a digerir la frustración que nos provocan algunas situaciones. Muchas veces simplemente necesitamos un amigo o familiar que muestre empatía y nos espere con un buen abrazo para tranquilizarnos. Vuestros hijos están en el proceso de aprender a tolerar las pequeñas frustaciones que se le plantean cada día, que no son pocas. ¡Vuestro modo de acompañarles será muy útil para calmarles y para que aprendan a autogestionarse! Podéis dejar vuestras dudas, comentarios y dudas al final de este post.

 

 

 

 

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